LA TORMENTA
Una ligera brisa hizo flamear los mechones rojos que le asomaban tímidos debajo de la gorra de lana gris. Miró rápidamente su reloj antes de cruzar la avenida, suspiró y se acomodó la cartera al hombro una vez más. Inició veloz su marcha hacia el bar de la esquina, donde quedaron en encontrarse. Eligió una mesa cerca de la ventana. Le gustaba ver pasar a la gente y adivinar qué pensaban, qué decían. Pidió un cortado haciendo un gesto al mozo, y se quedó mirando hacia fuera. Se veía el cielo gris, supo que se avecinaba una tormenta de las bravas. A María le gustaban las tormentas. Miró hacia la avenida.
El viento barría la vereda haciendo remolinos de tierra y hojas secas. Se oía zumbar los cables en los postes como un coro de vírgenes dejando de serlo. La señora del chango verde encorvaba su cuerpo hacia adelante y daba pasos cortos y pesados, queriendo evitar que el viento la llevase quien sabe donde. Un enfoque involuntario concentró su atención en el reflejo de su propia cara en la ventana. No supo distinguir dónde terminaba su cara y dónde empezaba la tormenta. Las dos se confundían en un collage rojo, gris y amarillo que solo era visible con mucha concentración, aunque de a poco se dio cuenta de que no le costaba ningún esfuerzo, su mirada se acostumbró a ese espectáculo que solo ella podía ver.
¿Quizás…? no, era imposible…pero si…
Un ruido cerámico sobre la mesa la devolvió al interior del bar.
-Su cortado. ¿Vio? Parece que se viene el agua nomás…-Dijo el mozo agachándose apenas y mirando por ventana y a través del reflejo de María.
-Si…parece.
Su voz sonaba cómplice, como si supiera del trance del que acababa de despertarla. Luego él comenzó a bajar objetos de su bandeja plateada y a colocarlos sobre la mesa. Un vaso de vidrio grueso, una jarra de inoxidable con agua, y un platito blanco con dos cascarudos de unos colores poco amigables envueltos prolijamente en papel celofán.
Miró su reloj otra vez. Bla bla bla bla
[Ahora ella intenta recordar con quien había quedado y se estremece al no recordarlo. Hasta que se da cuenta de que el encuentro era con su propio reflejo. Al mirar nuevamente la ventana el reflejo se para y se va. Termina su cortado. Ella sale. Sabe que volverán a encontrarse. Llueve.]
FIN.










